Laberinto Yo’eme: el arrebatamiento preexistente

Canto y fuego invocan al funesto mito vigente, memoria vertida en la reveladora lumbre heredada. Noción fundacional ab aeterno (‘‘Antes que cualquier mestizo o mexicano, que se yo/La tribu Yaqui ya estaba aquí’’) de la resiliencia histórica, traicionada por su perpetua marginalidad torrencial (‘‘Un río que llevaba vida, ahora es, pues, un río muerto’’). Agrietado recorrido de árido testimonio geográfico, otrora fértil paraje inmarcesible, desembocado en ritualista danza añorante. Y la insistente multiplicidad murmurante de anhelos, recuentos y pesares, como posible aferramiento de pertenencia, repelente a la voracidad del polvo, se erosiona con cíclico acorralamiento en Laberinto Yo’eme, 2019.

Contingente ópera prima documental del valenciano Licenciado en Historia, Sergi Pedro Ros; Laberinto Yo’eme es la denuncia coral de los habitantes de la sonorense tribu Yaqui, y los miembros de su guardia autodefensa, pueblo doblemente asediado, tanto por gobierno como crimen organizado, debido a su postura contrapuesta con los intereses económicos entorno al río ubicado dentro de su territorio y cultura; a la vez que afrontan la intestina decadencia de su identidad milenaria, producto de la drogadicción, pobreza y brutalidad introducidas por el conflicto hídrico.

Despojo, dolor, desierto y derrota. Por el surco drenado de una extinta corriente vitalizadora, circula ya el resentimiento, recelo y rabia colectivos, nacientes de un sistemático arrebatamiento persecutorio. Ecocida arrebato subyugador; secuela de su devastación son los abrasadores paisajes de plaza, cementerio, y hogares sumidos en la polvareda; el penetrante espinazo del Acueducto Independencia, inmoderada construcción de legitimidad cuestionable, confrontada por los pobladores solo a través de mediciones que poco o nada les significan, en oposición a la realidad tangible (‘‘en fin, es nuestra agua la que se están llevando’’); el subrepticio desplazamiento de los Yaqui, derivado del mismo Acueducto, sea por sustracción de recursos (‘‘Si hay mucha pesca, mucha agua para la agricultura. Pero, pues, no es para nosotros’’), o malversación oportunista (‘‘Antes del Acueducto Independencia, el metro cuadrado de las tierras valía dos pesos. Posteriormente, subieron hasta doscientos dólares’’); y la esterilidad terrenal expandida hasta sus consecuencias demenciales (‘‘Hoy estamos inmersos en el Laberinto Yo’eme/ Un desierto sin muros, de caminos infinitos’’). Reclamante arrebato insomne, manifiesto en el imperioso patrullaje de la Tropa Yoreme, consciente de su limitada efectividad (‘‘La mera verdad no tenemos las suficientes armas para un enfrentamiento de esos’’), y pese a ello, solo en la beligerancia avistan la quietud (‘‘aún así nosotros nos enfrentamos, por eso se puso un poco más pacífico’’); impuesto en la desesperada toma de la carretera, como protesta de simbólica apropiación de lo usurpado; justificado en el señalamiento de la complicidad Estado-narcotráfico (‘‘No tenemos nada que ver con el crimen organizado/Estamos en contra del gobierno, y ahí está la cadena’’), y su permisiva escabrosidad (‘‘Adelante de los policías te pueden matar’’); profesado por los integrantes de la Tropa Yoreme, en un paradójico juramento de ofrecido desvanecimiento de la personalidad (‘‘La autoridad ya no tiene familia, ya no tiene hermanos, ya no tiene papá. Ya no tiene libertad’’), que funge como rendición definitiva al espíritu comunal (‘‘Tú ya no tienes hermanos, pero a la vez aceptas tener muchos hermanos’’). Asfixiante arrebato conspiratorio, sombría
aseveración punzante que no pretende disimular su vicio y vulnerabilidad, desde laaliviadora toxicomanía renegada (‘‘Para ti que lo estás viendo hay muchas maneras de ser feliz/yo encontre esta. Ojala la tuya sea otra’’), y ebrio desconcierto de ultratumba (‘‘Dicen que el amor te engaña’’); las amendentradas declaratorias de acechamiento, quema de vehículos, y descarnado mensaje de texto que lee ‘‘como no entiendes; escoje o te vas ya o te mando en pedazoz a una de tus tres hijas (sic)’’; el repaso de la desaparición forzada y detención infundada (‘‘Por el robo de vehículo, secuestro, y asesinato. Todos esos delitos, solo por defender el territorio de la nación Yaqui’’); hasta el presente cruentamente rebasado por el acribillamiento sucedido en plena grabación (‘‘A lo que iban / fue todo’’), sucumbir del emponzoñamiento imposible de esquivar. Y un inherente arrebato edificante, indoblegable entrega de la población a las convocadoras festividades religiosas; a los cánticos fervientes, acompañados de guitarra o instrumentos autóctonos; el solemne tributo ancestral, y su repercusión en la idiosincrasia actual (‘‘Las plantas, los animales, el mar, el agua, el sol, el viento/ Esos no luchan, no saben de una guerra’’), que urge a la preservación propia (‘‘si no hay venado, no hay Yaqui’’); y la libertad conseguida en la expresión de la lengua materna, inútilmente condenada por los represores.

No hay mal que duré cien vidas, ni pueblo que lo resista. Inagotable metarrelato sintomático de la inconcebible otredad: ensimismada voz incorpórea; pasado indistinguible entre facticidad y fantasía; alterada relación de aspecto disruptiva; y un páramo metafórico en etéreo montaje paralelo. Y de las ajenidades, la que las conduce quizás la más infranqueable: el propio idioma Yaqui. En la esencia cosmogónica radica todo vestigio y presagio perenne, bucle de una reverberada anunciación interminable (‘‘Vendrán hombres de afuera a imponernos sus costumbres’’/‘‘La vida Yaqui está destinada a la defensa del nido heredado’’). Asumida y aferrada condición combatiente, dispuesta como rifle en mano, cuadro de tradición enmarcada (‘‘estando muertos, siempre, siempre vamos a defender el territorio’’), sentencia prematura (‘‘Cuando crezcas vas a matar un yori’’), o tajante insolvencia hemática (‘‘El yori no tiene la sangre como nosotros’’). Replicado desbordamiento cinematográfico de la precaria vitalidad límite, entre la resiliencia peregrina de Cuates de Australia (Everardo González, 2011), y la metastásica sordidez de Resurrección (póstumo Eugenio Polgovsky, 2016), en lo que vendría a ser el tripartita desvelo brusco de una derruida inscripción augural. Preceden al vicio, a la violencia, a la vorágine, y al veneno inyectados en las entrañas de la comunidad sonorense, la redención incondicional (‘‘Un miembro de la tribu Yaqui puede ser alcohólico, drogadicto, pero nunca deja de ser de la tribu Yaqui’’); la esperanza reivindicadora que sueña el caudaloso renacer; la unidad incoercible, yuxtapuesta cómo mirada espejo testimonial; y la inocencia restauradora, que en última instancia encuentra en la lúdica espontaneidad infantil, la preservación de su rítmico espíritu anochecido (¿o era al revés?).

Emergencia sediciosa, tendida entre la manipulación y la extinción. Un arrebatamiento solidario contra la explotación preexistente. Indignación y deuda emanadas de un profético Estado fallido. La sequía como parálisis inmemorial, presa del pretérito permanente.