Reseña: Las Elegidas: la rajada idílica

 

Pretendida primorosa y primera engolosinada carnal de besos para la incipiente excitación y risa involuntaria (‘‘Me dieron cosquillas’’), avergonzada de inmediato para complacer en un abrazo de luz reventada por el cegador amor a ciegas. Cubierta de calidez y candidez, enturbiada por la agachada delatora, reprendida y disimulada gracias a la embaucadora familiaridad masculina y la silenciosa complicidad femenina. Y un arrepentimiento frustrado en fatídica confesión escabrosa que propicia la fuga forzada, cortada por el infranqueable desenmascaramiento arrebatador se confinan en un corrompido condicionamiento afectivo/infectivo en Las Elegidas, 2015.

Apresador tercer largometraje del ex-cececiano con especialización en Dirección de Cine en Nueva York, David Pablos (el teledocumetal Una frontera, todas las fronteras, 2010; y La vida después, 2013), basado en la novela homónima de Jorge Volpi (subtitulada como Mapa de las Lenguas, 2015), Las Elegidas expone la sinuosa relación del enamorado Ulises (Óscar Torres) y la desmoronada Sofía (Nancy Talamantes), la arremetida a la que él se arranca para salvarla del prostibulario negocio familiar tijuanense, a donde éste mismo la arrojó, y la afrontación opresora de ella hacia el abismo de explotación al que será entregada. Intimada, timada, e intimidada adolescencia arrastrada en tajante pesadilla febril de sometimiento absoluto. La más que joven Sofía encarna su traicionero secuestro en deshumanizante consumo. Secuestro de la identidad sinrazón (‘‘Desde ahora te vas a llamar Andrea’’) en mangoneadora amenaza modosa (‘‘Más vale que lo hagas por las buenas Andrea’’). Secuestro de la feminidad con invasiva técnica lesiva para suprimir la menstruación (‘‘Pero te va a arder’’), y perpetuar el oficio retenedor. Secuestro del cuerpo en impotentes secuencias de plano-contraplano de las aquí vueltas repulsivas caras y torsos adultos, contemplados con extrañeza persistente, copulatorio diseño sonoro en off de Alejandro de Icaza, y desenfoque de cámara hacia la disipación de los labios rojos. Secuestro del ímpetu preservador, que desbarata el esperanzado escape encubierto para extender el abusivo encierro trastornador al condenatorio anexo de vulgar dominancia (‘‘Mi jefe te va a soltar para que vivas conmigo’’), logrando así juntar a los alguna vez amorosos en un doble asedio de otro tipo de aparejamiento obligado, bajo la vigilia patriarcal (‘‘A la primera que haga la regresamos a la casa de las putas’’).

Cual fantaseado Odiseo distorsionado que zarpa al rescate de su acosada por pretendientes Penélope, el impulsivo Ulises emprende la viciosa odisea envilecedora de supuesto romance redentor. Instantáneo héroe inmediatamente paralizado frente a su previsible malograda huida, para posterior apaleada a patadas fraterna e infantil regañada (‘‘No lo vuelvas a hacer’’) aun en estado de inconsciencia, más indultado que el igualitario desertor fallido faloincinerado de Heli (Amat Escalante, 2013). Verbal envenenamiento influyente del hermano mayor agresor a manera de cínicas lecciones de indiferencia y sugestión (‘‘Siempre te enamoras de todas’’), y analogías de abierta violencia (‘‘Es como una pelea, ataca tu primero’’) sobre pantalla divida por el editor Miguel Schverdfinger que muestra alternante a las acechadas presas y domadas cautivas, sublimadas angustiosamente por música de Carlo Ayhllon. Anunciada imposibilidad de reconciliación (‘‘No me voy a ir a ningún lado contigo’’) con la falsa liberada Sofía, que lo designa a compartir únicamente la presión culposa. Y como eterno retorno o bien, sucesión proxenetica consumada, el osado Odiseo obtuso recae en la cíclica repetición de artimañas sentimentales, en la recreación acartonada del atemporal cumpleaños-pantalla paterno, y la reincidencia del rapto alevoso, ahora de la no menos joven y no menos incauta Marta (Leidi Gutiérrez), azotada ficha intercambiable, en definitoria insensibilización degradante.

La contradicción emocional mutada a desesperación aislante, y transmutada en una crueldad normalizada. Una manipulativa rajada todavía creída como conquista idílica engrandecida. Maliciosa deformidad oculta extraída del más doliente presente imperecedero.