Reseña: La camarista: la ilusión intermitente

 

Una refrenada ambición sometida al rebajamiento errante; la insostenible promesa de un presuntuoso panorama como esperanza consoladora; y un sistemático ensimismamiento preferible a cualquier manifestación emocional proliferan con angustiosa indiferencia en La camarista, 2018.

Introspectiva ópera prima de la actriz y directora Lila Avilés (cortometrajes Dèjá Vu, 2016; y Nena, 2017), La camarista muestra la rutina laboral de Evelia (Gabriela Cartol), una joven empleada de limpieza de un hotel, incesantemente esforzada para destacar y ser ascendida, atender vía telefónica a su hijo, y cumplir los exigentes caprichos de los huéspedes.

 

 

Imprevisible tensión asfixiante se entreteje en las reiterativas secuencias de ordenamiento de cuartos, con demandas que llegan a lo absurdamente invasivo (‘‘¿Vos poder quedarte con mi bebé en lo que me doy una duchita rapidísima?’’); en las escenas de encogida petición del codiciado vestido rojo olvidado en una habitación, y la burocrática respuesta automatizada que le acompaña con frívola incertidumbre (‘‘Eres la primera en la lista’’); y en los múltiples encuentros con las compañeras de trabajo, que aprovechan a la retraída Eve para ofrecer sus servicios (‘‘Ahí si necesitas algo estoy en el dieciséis’’) no sin propios intereses (‘‘¿Me puedes hacer un favor?’’) o de plano venderle productos por medio de chantaje sentimental (‘‘Vendo trastes, mira, para ayudarme’’). Queda entonces develada la deshumanizante interacción estructural por la que se conducen ventajosas empleadas y omniscientes supervisoras, donde se adquiere estimación por la utilidad que se pueda proveer: Eve existe sólo mientras se requiera su existencia; su identidad está sujeta a lo que los otros identifiquen en ella (dadivosa auxiliar, presta niñera, o complaciente exhibicionista), y así mismo, debe resignarse a su anonimato cuando no ofrezca beneficio ajeno.

Cartel: La Camarista

 

 Y el apresador hotel no logrará recompensar a la exhausta Eve, que falla como madre, atendiendo cariñosamente al niño impropio, fungiendo de placebo que encubre la constante negligencia del hijo verdadero en casa; como empleada modelo, que a la primera falta es menoscabada condescendientemente (‘‘En mis tiempos sí, sí que nos regañaban por no hacer las cosas bien’’), y se le paga con la anhelada prenda colorada para solapar el hurto de su puesto, derivando en una frustración enardecida contestada con una frustración acomodada (‘‘Si todos obtuviéramos todo lo que nosotros quisiéramos, pues, yo quiero ir a Italia, yo ya estuviera en Italia’’); y finalmente, falla como ser sensible, incapaz de sostener vínculos amistosos, traicionados sin pesar y extinguidos sin consecuencias, ni romántico-sexuales, despojados de cariño recíproco, y sirviendo solo al voyerismo pasajero.

Una ilusión intermitente, fascinante y embaucadora, vista solo en la lejanía, cuan horizonte inalcanzable. Una meditada contemplación del sacrificio y fracaso femenino. Un grito sordo incapaz de abandonar su arraigada condición minúscula.

 

Cineasta por pasión, todologo por necesidad. Amante del arte y el humor negro.