Reseña: Familia de Medianoche: la precariedad correteada

 

Arrancones y arranques en estampida para atender el llamado nocturno de la accidentada y autoaprehensiva Ciudad de México al borde del desangramiento social. Cámara apretada en la cabina o flotando sobre el parabrisas con intima omnipresencia urgente. Y una profesión de riesgo para el trastabillado núcleo familiar que arriesga su endeble condición económica y física se develan con desvelada ambición en Familia de Medianoche.




Segunda ambulatoria película documental del director a la vez cinematógrafo conectiqués Luke Lorentzen (New York Cuts, 2015; y cortometraje Santa Cruz del Islote, 2014; y) Familia de Medianoche, 2019, ganadora a Mejor Largometraje Documental en los Festivales Internacionales de Cine de Guadalajara, Guanajuato, y Monterrey, arroja en letreros iniciales la absurdísima cifra que son las cuarenta y cinco ambulancias públicas para atender a los nueve millones de defeños apenas socorridos por mal pagados paramédicos particulares, como lo son la familia Ochoa; desde el padre cardiópata, al aventurado hijo adolescente, y el hermano menor inquieto, recorren las trasnochadas calles de la más que trastornada urbe chilanga, tan desesperada y desesperante por encontrones sangrientos y aparatosos.




Fracturado modus vivendi despojado de cualquier indicio de dignidad o rentabilidad, cual comercio informal e infructuoso de la salud pública, lujo inaccesible por inexistente. Apretadas rondas por los anaqueles de la tienda de conveniencia gringa para llenarse el estómago con rendidor atún de lata o por las taquerías de barrio para llenarse las venas de colesterol con quesadillas escurridas de grasa; pelado empuje patético de la ambulancia sin combustible a mentadas de padre, y el inoportuno traslado de al hospital postraumatismo menos preocupante que la insolvencia (‘‘Esto es muy caro ¿verdad?’’), son síntomas de un inalcanzable plenitud fisiológica y mental comunitaria, más bien orbital efecto del permisivo bálsamo monetario.

Presurosa acción salvadora retenida por la rabiosa mordida policíaca, más institucionalizada que los traspapelados permisos de la ambulancia, o los trámites burocráticos para transportar a heridos de una colisión automovilística en plena avenida congestionada de indiferentes a la desgracia ajena, o en oposición, el aleccionador deseo alevoso (‘‘Como quisiera que un día no saliera ni una puta particular y se den cuenta’’). Y se desprende la costra de la marginalidad legal y económica, dejando que Lorentzen exponga la intravenosa y epidémica hemorragia interna, la metástasis de la sociedad mexicana infecta de gandallismo (‘‘¿Y si no te pago?’’), de amolados (‘‘Aquí no los van a poder atender’’/‘‘Llevamos tres días que no trabajamos, güey’’/ ‘‘Yo te agradezco mucho, no traigo dinero’’), de abusados (‘‘Ahorita tenemos que agarrar el bueno’’/‘‘Sí le ganamos’’), y de una crónica violencia representada en el coincidente o reiterativo imprevisto punto de vista femenino improvisado de Andrea, la jovencita de nariz rota por su novio, obstinada en limpiar la sangre seca de su brazo tatuado con cruz y corazón.




Un fallido Estado de emergencia continuo, convulsivo, y corruptible. Una autofagia rebasada por la incertidumbre. Una correteada precariedad perpetua, quizás imposible de otro modo, quizás imposible de todos modos.