Reseña: Cafarnaúm: la ilusión interrumpida

Sin afán de prolongar el efecto mediático de los Premios de la Academia (que este año, pese a los galardones otorgados a Cuarón, fueron sumamente decepcionantes), creo que vale la pena resaltar algunas de las cintas que compitieron por una de las quizás más importantes categorías, ya que generalmente es en esta donde pueden apreciarse propuestas cinematográficas auténticas y verdaderamente diversas. Tal es el caso de ‘‘Cafarnaúm’’, segundo largometraje libanés nominado a Mejor Película Extranjera de forma consecutiva luego de ‘‘El Insulto’’ en 2017, donde una cámara errática corre, se arrastra y hasta vuela sobre el caótico Beirut para mostrar el viaje ilusorio y amargo de un adolescente más motivado por la desesperanza que la esperanza.

Capharnaüm (título original), tercer largometraje de la directora y actriz libanesa Nadine Labaki, relata la historia de Zain (Zain Al Rafeea), púber mandadero en el minisúper propiedad del pretendiente de su hermana aún más joven, que en ratos libres se dedica a la venta de jugos de betabel y a mirar con anhelo la furgoneta llena de chiquillos estudiantes, quien decide escapar de su hogar buscando una mejor vida lejos de su familia y la ciudad.

Rebelde con causa, en contra del estancamiento económico y la podredumbre que Selim (Fadi Yousef), su padre, ha adoptado como única filosofía, Zain se visualiza como el héroe protector, el proveedor, el héroe paternal, solo para que las supuestas verdaderas figuras de autoridad le regresen una mirada acusadora, que lo juzga como incapaz para obtener un empleo formal y desprenderse del núcleo familiar (con todo y la negligencia de sus progenitores) debido a su corta edad, y por el contrario, lo condena como a cualquier adulto luego de haber acuchillado a su cuñado, sentenciándolo a cinco años de encierro, cuya peor penitencia es enterarse que en casa ya ha surgido la promesa/amenaza de la futura llegada de otro niño.

Sin llegar a la obsesión cromática kieslowskiana, Labaki hace uso del color blanco, símbolo no accidental de la inocencia o la pureza, aquí distorsionado, para traducir la historia en imágenes que narran el filme por si solas: polvo blancuzco que infestan las casas y que parece edificarlas, perdido entre el pulverizado analgésico blanco adictivo que primero le sirve a Souad (Kawsar Al Haddad), la madre, para traficarlo en prisión, y después será utilizado por el propio Zain como nueva fuente de ingresos, y así alimentar al pequeño Yonas (Boluwatife Treasure Bankole, tremendamente carismático y brillante), con fórmula para bebes (en polvo), mientras que la inmigrante etíope Rahil (Yordanos Shiferaw), se ve obligada entre lágrimas a derramar la leche materna después de haber sido encarcelada.

Una llegada a la edad (coming of age) sobre crecer en medio de la violencia, la impotente lucha por sobrevivir a ella, y del a veces inevitable sucumbir hacia la misma; retrato de la ilusión de una infancia interrumpida, de la ciudad olvidada, del dolor no aliviado.

Cineasta por pasión, todologo por necesidad. Amante del arte y el humor negro.