Muertos vivientes_Eder Barajas

Despertó en una cama hecha un desorden de sábanas, la habitación estaba en penumbras debido a que unas cortinas tan grandes como el ventanal impedían el paso de la luz del sol, si es que éste se encontraba en lo alto del cielo. Sentía angustia por no saber quién era, dónde estaba, qué fecha ni qué hora del día. Últimamente se sentía así luego de despertar de la siesta vespertina; se sentía perdido, como si el alma escapara del cuerpo. Un instante después se reencontró consigo mismo y llegaron la orientación temporal y espacial. Después de echar un vistazo a su alrededor, reconoció las paredes de su habitación, el sonido del ventilador en el techo, el desorden en el piso… y fue como si su ‘yo’ regresara y se acomodara a sus anchas en su cuerpo.

El exterior no emitía ningún sonido, creyó que se debía al aturdimiento porque acababa de despertar, y mientras corría las cortinas puso atención al sonido de las piezas mecánicas del ventilador que giraban y se mecían a unos metros sobre su cabeza. Era el único sonido que se escuchaba. Echó un vistazo al patio y se dio cuenta de que el sol empezaba su recorrido hacia el horizonte, sacó el celular para ver la hora: 5:30 pm. Buscó la pareja de perros que acostumbraban juguetear y retozar en el jardín y no los encontró. Qué raro. Su padre acostumbraba llevarlos al parque más cercano a pasear, pero lo hacía en sus caminatas matutinas, antes del desayuno y del baño con agua fría para luego irse a trabajar.

Bajó a la sala, revisó la habitación de sus padres y no los encontró. Era lógico, deberían de estar trabajando. Salió al patio y se aseguró de que no estaban los perros, eso sí le pareció extraño. ¿Los habrían llevado al veterinario? Pero, ¿y el trabajo? Sacó el celular de la bolsa del pantalón para llamarles y no tenía señal, durante todo el día había estado fallando. Tampoco se había podido conectar al Internet en la red inalámbrica de su casa. Tomó el teléfono de la sala y tampoco daba línea. Eso cada vez parecía más raro.

Se sentó en el sofá, encendió el televisor y en todos los canales sólo encontró la imagen ruidosa de la estática proyectándose en la pantalla. Continuó sentado e hizo un recuento de los últimos acontecimientos del día: durante toda la mañana en la prepa no se pudo conectar a Internet, se despidió de sus compañeros y tomó el transporte público con normalidad, llegó a casa al mediodía, devoró la comida que su madre había dejado en el refrigerador; se trataba de macarrones, ella sabía que eran sus favoritos. Comió casi a reventar y luego le invadió un sueño que le imposibilitaba mantenerse de pie. Subió a su habitación, cerró la puerta con seguro y cayó en un sueño profundo, del que acababa de despertar. Nada fuera de lo normal, excepto su incapacidad para comunicarse, la ausencia de los perros, el silencio a su alrededor… Pensándolo bien, nada era normal.

La tarde tenía un clima agradable, así que tomó su bicicleta para dar un paseo por la ciudad. Abrió el cancel y echó un vistazo a ambos lados de la calle, la cual se encontraba vacía, ni un solo vehículo, ningún alma en las aceras. La tienda de la esquina tenía la cortina metálica levantada, pensó en llegar a comprar alguna golosina pero no había nadie, no se veía ni “El Güero” atendiendo en el mostrador y decidió seguir pedaleando hasta llegar a la avenida. Seguramente allá sí se encontraría el caos de todos los días, la vida rápida y el estrés entre motocicletas esquivando coches, banquetas atiborradas de trabajadores y estudiantes, camiones del transporte público y taxis pasando el alto del semáforo para ganar los pasajeros a los demás operadores. Pero cuando llegó a la avenida también la encontró solitaria, los semáforos no funcionaban, la luz ámbar iluminaba intermitente en todos ellos. Echó un vistazo a los edificios del fondo y parecían vacíos. Se detuvo para mirar atrás, el aeropuerto también se encontraba en silencio. Ningún avión aterrizaba o despegaba. Eso ya había perdido cualquier dejo de normalidad.

Volteó hacia todos lados y no había nada ni nadie que se moviera. Toda la ciudad portuaria permanecía en calma y en silencio. Miró hacia el cielo que tenía algunas nubes que el sol, durante su caída al mar, iluminaba en tonos de colores que le parecieron sangre derramada entre el fuego y sombras de pinceladas de tonos grises por la obscuridad que empezaba a acercarse. En ese instante un trío de gaviotas surcó por el infinito emitiendo fuertes graznidos, las siguió con la vista mientras se alejaban mar adentro y después de verlas perderse en la lejanía, se insertó en los oídos unos auriculares con música al ritmo acelerado de una batería y guitarras distorsionadas. El sonido de la música había ahogado el silencio que le agobiaba, aun así, la inseguridad y el miedo empezaron a rondar sus pensamientos.

Se fue pedaleando y haciendo piruetas por el camellón y los jardines del carril central. Intentaba distraerse y olvidarse por un momento de lo inusual de la situación. Ahora el bulevar se había convertido en su pista particular, vaya manera de cumplir su fantasía. Dio vuelta a la derecha e ingresó al muelle de La Marina y frente a sus ojos, a lo lejos, los botes se mecían al ritmo del vaivén del agua y de la soledad. Parecía que los edificios, restaurantes y negocios que rodeaban el muelle estaban abandonados, igual que las máquinas flotando en el agua. Le dio la sensación de estar ante barcos fantasmas penando a su suerte. Recorrió el borde, echó algunos vistazos disimulados entre las embarcaciones, y la soledad del mundo ante la ya próxima e inminente llegada de la obscuridad, le pareció aún más atemorizante.

Le llamó la atención la caligrafía del letrero en el costado de un yate color gris claro que en letras rojas que resaltaban decía “Castigo de Poseidón”. Se acercó un poco y a través de una ventanilla de cristales ahumados semitransparentes le pareció ver una silueta que se movió rápidamente. Se retiró los auriculares y se asomó, pero no alcanzó a observar nada. Agudizó su oído y escuchó ruidos de cristales y objetos cayendo y rompiéndose. Enseguida otra vez volvió el silencio. El sonido del agua que se estrellaba suavemente contra las rocas le ponía nervioso y hacía que su respiración se volviera un poco más profunda. En cualquier momento el torrente sanguíneo se podría volver loco. Se volvió a asomar y escuchó un gruñido, un sonido gutural que ahogaba un grito, al tiempo que el estruendo de un par de manos que golpeaba la ventanilla del yate interrumpió el silencio y le hizo sobresaltarse ante aquel impacto.

Presa del pánico, se alejó a toda velocidad con el corazón latiendo rápidamente; antes de salir de La Marina volteó hacia atrás y el yate gris de las letras rojas, igual que el resto de los botes, seguía meciéndose en silencio. Retomó la avenida con el temblor en las manos que produce el miedo, iba pensativo sin encontrar en qué creer ni alguna explicación lógica. ¿A dónde se habían ido todos? Se detuvo en el puente del estero El Salado, tomó el celular y le retiró los auriculares. ¡Demonios! ¡Seguía sin señal! Intentó marcar al número de emergencias y tampoco se pudo comunicar. Siguió pedaleando hasta llegar a la plaza comercial que se encontraba frente a la terminal marítima que no contaba con la presencia de los grandes cruceros que zarpaban ahí durante sus visitas al puerto. La terminal, igual que la ciudad, se encontraba desocupada.

Realizó algunas maniobras con la bicicleta para subir por los escalones y se detuvo en las puertas de cristal de la entrada. Éstas no se abrieron de manera automática, como lo hacían normalmente. El recuerdo de lo sucedido en La Marina le provocó miedo de abrir y encontrarse con algo desconocido. Se asomó a través de los cristales y no encontró movimiento, una vez más agudizó su oído y tampoco escuchó nada. Una marejada de adrenalina le impulsó a abrir las puertas y en el instante en el que iba a empujarlas, un ruido explosivo le hizo saltar, provocó que la bicicleta cayera al piso y aumentara el escándalo con los ruidos del metal al estrellarse contra el concreto. ¡Maldito celular! A buena hora se le había ocurrido encenderse al reproductor de música. Se había encendido al oprimirlo con la tela del pantalón cuando estiró el cuerpo para recorrer las puertas.

Apagó el reproductor y entró con sigilo. Las escaleras eléctricas permanecían estáticas, subió caminando y se dirigió a la tienda departamental, cuyas puertas permanecían abiertas de par en par. Se asomó con cierta inseguridad y vio que una silueta se movió rápidamente, escuchó que chocó contra algunos estantes y tiró al piso algunas mercancías. A pesar de sentirse invadido por el miedo, se internó un poco para echar un vistazo. Caminó algunos metros, hasta donde iluminaba el último rayo del sol que entraba por el gran ventanal de cristal transparente, se colaba por la puerta y dibujaba una forma geométrica irregular en el piso; enseguida volteó hacia donde se había alejado aquel o aquello. Las penumbras en las que permanecía el lugar no le permitieron encontrar qué era lo que había corrido. Posó su mirada en diferentes puntos y no pudo encontrar nada, la obscuridad del interior apenas le permitía distinguir algunos estantes y mostradores.

Permaneció inmóvil un instante y en un extremo se escuchó que algo corría, chocaba contra los muebles y tiraba cosas; enseguida en el otro extremo, luego en otro lugar. El estruendo de los objetos que caían al piso le aceleró los latidos del corazón y retrocedió algunos pasos, hasta quedar de pie en la entrada de la tienda. El rayo de sol se extinguía, cuando todo quedó en calma y en silencio. Unos pasos descompuestos se acercaron al débil rayo de luz. Conforme se iba acercando, su cuerpo se mostraba poco a poco y la luz tenue subía lentamente por sus piernas. Aparecieron sus pies enfundados en unos zapatos en mal estado, luego un pantalón desgarrado, una camisa desfajada y con manchas rojas, seguramente de sangre; las uñas destrozadas y las puntas de los dedos sangrantes, tal vez heridos por la desesperación y la agonía del sufrimiento, o tal vez por la sangre de sus víctimas. Aquella figura humana apareció totalmente, hasta que quedó a poca distancia frente a él de cuerpo completo. Vio el rostro con manchas de sangre en las mejillas y con una mueca deforme, la mirada perdida en sus ojos rojos e irritados, y el cabello revuelto. Entonces se aclararon sus ideas. ¿Acaso esto sería una broma?

Con movimientos torpes y gestos grotescos en su rostro, como si fuera víctima de un tic nervioso, aquella cosa o lo que quedara de aquel ser humano empezó a acercarse lentamente, mientras emitía gruñidos y sonidos extraños. Desde la obscuridad del fondo se emitieron chillidos y más gruñidos, se escuchaban pasos torpes y pies que se arrastraban y se dirigían también hacia la entrada. Sintió la garganta reseca, el pecho a punto de explotar, un golpe frio en la nuca y la espalda, y sin percatarse, presa del pánico, empezó a caminar hacia atrás. Decenas de ojos aparecían entre las penumbras, hasta que poco a poco se empezaron a mostrar aquellos cuerpos maltrechos con movimientos lentos, como si estuvieran habituándose a ellos o temieran a la débil luz que se estaba apagando con lentitud.

Por un mero reflejo volteó hacia el ventanal, vio que el sol era devorado por el mar y en un impulso ocasionado por el espanto, corrió hacia las escaleras eléctricas para bajar por ellas de prisa. Los sonidos guturales ya no provenían sólo de la tienda departamental, los escuchaba desde diferentes puntos del centro comercial y le penetraban por los oídos, le causaban confusión, miedo y un leve malestar en la cabeza. Empujó la puerta principal, salió rápidamente y escuchó infinidad de pasos. Le pareció que una multitud intentaba bajar por las escaleras, los sonidos y gruñidos se multiplicaban a cada instante. Montó su bicicleta y de dos saltos bajó los escalones. En ese instante los cristales del centro comercial volaron en pedazos, aquellas cosas, parecidas a los zombis de las películas que le provocaban horror desde niño, se habían impactado como bólidos contra ellos y se abalanzaron detrás de él con mucha mayor agilidad en sus movimientos que cuando los había encontrado en el interior. Una mezcla de pánico e incredulidad le nublaban los pensamientos, mientras realizaba su mayor esfuerzo para seguir pedaleando.

Volteó hacia atrás y vio que la manada se esparcía por la avenida mientras corrían en pos de él. Tras ellos, a lo lejos, en el centro de la ciudad, unas columnas de humo se elevaban hacia el cielo, una serie de explosiones se sucedieron en aquella misma dirección y la desesperación le hizo desplazarse cada vez más aterrado. Conforme avanzaba, un rumor más fuerte llegaba a sus oídos y la multitud tras él crecía. Podía sentir cómo sus pasos retumbaban a su espalda. Pasó frente a unos edificios que se encontraban sobre la avenida y otra gran cantidad de criaturas que salía del interior se unieron a la procesión que lo seguía a toda velocidad. Echó un vistazo y los vio más cerca, a unos cuantos metros. La desesperación y el horror lo impulsaron a seguir más de prisa; sentía sus manos rozándole la espalda, creía oler sus alientos fétidos y que sus gruñidos martillaban su cerebro.

Cuando vio ante sí la entrada a La Marina, otra pequeña multitud salió a la avenida e intentaron bloquearle el paso o atacarle desde un costado. Pedaleaba cada vez con mayor esfuerzo, a pesar de sentir que las fuerzas se le escapaban. El terror es el mejor motor para lograr cosas impensables. La parvada de aquellas cosas, muertos vivientes o lo que fuera, estaba llegando al carril lateral, tenía que ir más rápido que ellos si quería ganarles el paso. Movió sus piernas hasta desfallecer y cuando el primero de aquella multitud llegó al carril central, él siguió de paso; aquella cosa sólo alcanzó a rozar su espalda sin poder tomarlo de la camiseta. La multitud seguía creciendo tras él, el cansancio cada vez era más evidente y la falta de visión debido a la obscuridad que seguía en aumento, hacía que la distancia entre las manos que intentaban derribarlo y él ya fuera de unos cuantos metros, y en instantes se reducía a centímetros.

Con la razón casi extraviada, dio vuelta en la calle que daba a su casa, aprovechó un instante de confusión en sus perseguidores para tomar unos metros de ventaja y siguió de prisa. Se acercaba al cancel de la entrada con el cuerpo tembloroso y los pulmones a punto de reventar. Aquellas criaturas acortaban la distancia, cuando arrojó la bicicleta e intentó sacar las llaves del bolsillo. Las manos parecían no responder, le temblaban debido al miedo, al cansancio y la desesperación causada por aquella multitud que ya estaba a unos cuantos metros. Sentía los nervios destrozados. Por fin pudo sacar las llaves, ya tenía encima aquellas figuras horrorosas y el temblor en las manos no le permitió acertar en la cerradura. Se vio rodeado y sintió el acoso de miles de pares de manazas que buscaban sujetarlo con avidez. Cerró los ojos, soltó un grito desesperado y lleno de pavor cuando las primeras manos lo iban a sujetar…

—¡Joel vente a cenar! —enseguida escuchó que tocaban fuertemente la puerta y luego la misma voz—. ¡Ándale, ya levántate!, ¡la cena ya está servida!

Despertó en la cama hecha un desorden de sábanas, la habitación en penumbras y por un instante sintió la angustia de no saber quién era, dónde estaba, qué fecha ni qué hora del día. Echó un vistazo a su alrededor y reconoció las paredes de su habitación, el sonido del ventilador en el techo, el desorden en el piso.

—¿Ya te levantaste? Anda, hijo. Ya nada más te estamos esperando.

—¡Sí, ya voy mamá!

Se levantó de la cama de un salto, se acercó a la ventana y sonrió después de ver que los perros retozaban y jugaban en el patio.

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