Los Tiburones: el impulso suprimido

Al final de la página ocho del programa de mano del FICG 34 aparece la imagen ensombrecida de una chica de greñas aplacadas, que a mí y a una compañera nos hace recordar irremediablemente a la francesa Adèle Exarchopoulos; chica que luego se convertiría en la ganadora del Premio Mayahuel por Mejor Actriz, ‘‘porque en su rostro, en sus expresiones faciales se refleja toda la tensión dramática de la película. Su actuación lleva el peso de esta historia (anuncia la página del festival)’’. Así, sin saber a lo que nos aventurábamos, ni mucho menos conociendo el exitoso paso de la cinta por el Festival de Cine de Sundance en ese mismo año, (donde se llevó el Premio de Dirección en la sección World Cinema Dramatic), fuimos recibidos en la sala por la directora misma, que ansiosa nos da la bienvenida a la premiere mexicana y latinoamericana de ‘‘Los Tiburones’’.

The Sharks (título internacional), ópera prima de la uruguaya Lucía Garibaldi, y bien merecidamente galardonada con los Mayahueles a Mejor Actriz, Mejor Guión, y un premio especial del jurado en la categoría de Largometraje Iberoamericano de Ficción, narra cómo la adolescente de apariencia apacible pero emocionalmente explosiva Rosina (Romina Bentancur) empieza a enamorarse de Joselo (Federico Morosini), un compañero de trabajo, y al mismo tiempo despierta la sospecha de la presencia de tiburones en la playa de su turística ciudad costera.

Durante la introducción, Garibaldi anuncia: esta es una historia de las primeras veces. La primera alerta por escualos en las aguas marinas; vez primera del deseo de contacto íntimo, y el primer corazón roto. Con destreza que no figura ser la de una primera película, Los Tiburones aborda el punto de vista femenino desde un ingenio siniestro; nuestra protagonista, que pareciese víctima inocente de su propia confusión e ingenua incomprendida incapaz de encajar con nada ni con nadie, sigilosamente, cual gran tiburón blanco al acecho, ataca con desdén y alevosía, y de principio a fin se relacionara con su entorno social a través de premeditada violencia, resultando en un bien marcado morete en el ojo de su hermanita impudorosa (Antonella Aquistapache); en el secuestro de la perrita embarazada, cuyo dueño es nadie más que el ávido para ligar Joselo; en arrebatar sin vergüenza la tarjeta SIM del celular de su hermanito, que luego será utilizada para marcarle al dueño de la perra en un extraño no-intento de seducción/extorsión; en encender el motor de la lancha no tripulada del medio menso amansado Joselo, para que capitán y embarcación se adentren al mar abierto donde nadan los tiburones, menos peligrosos que la tiburona Romina dispuesta a nadar con ellos.

Entre miradas tuertas de ojos morados y enamorados, miradas carnales que por sí solas devoran cuerpos bronceados, miradas de una familia que ha olvidado mirarse a los ojos, y miradas incrédulas hacía los restos de un animal con marcas de ominosas mordidas, se alza un impulso natural, hormonal, e irracional, asumido por los otros como suprimido, representado por medio del agua, y cuyas muestras de retención de la fertilidad son los pelitos bajo la axila rasurados antes de crecer durante la ducha que empapa el cuerpo de Romina (luego arrancados de las piernas con cera caliente); la ignorada marea roja a la orilla de la playa, evidente metáfora menstrual; y la rutinaria limpieza de la ya limpia alberca, así como el uso de botellas con agua purificada para el aseo corporal, como si la piel nunca dejase de estar sucia.

Garibaldi y Bentancur son acompañadas en la sesión de preguntas y respuestas por el excelentísimo cinematógrafo German Nocella, y los perseverantes productores Pancho Magnou e Isabel García. Todos orgullosos, todos aun a la expectativa, ya que como comenta Magnou, este es apenas el segundo festival al que llega el filme. Romina, presente con gafas y sonrisa que la distancian de su personaje, pero aun con su cabellera rebelde, es cuestionada por la conductora de la sesión acerca de futuros proyectos, a lo que responde ‘‘estén atentos’’, y con esto se despide.

Una adolescencia sin bálsamo ni cicatrizante, sustituyéndolo por una divertida sutileza vengativa, porque para llorar no hay tiempo ni ganas. Una exploración de las complejas emociones amorosas fundamentalmente juveniles, y la formidable propuesta cinematográfica de una autora auténtica y admirable.

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Cineasta por pasión, todologo por necesidad. Amante del arte y el humor negro.

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