Tokio Blues.

Al parecer, cuando en alguna plática se habla de Murakami no hay medias tintas, o lo odias o lo amas. Te lamentas amargamente porque lo nominen al Nobel o bailarás con los brazos en alto el día que eso ocurra asegurando que al fin se ha hecho justicia.

Yo por ejemplo, pertenezco al segundo grupo. Especialmente soy seguidor de su obra por la facilidad que tiene de escribir historias en las cuales llega un punto en que no sabes qué parte es real y que no, lo mismo con sus personajes, de contar historias de amor que te dejan un hilo de nostalgia y melancolía, mezclados con recuerdos de lo que pudo o no pasar, un trozo de todo lo que la cultura japonesa representa y una ventana a la fantasía. Si has escuchado de Murakami pero aún no te animas a leer sus libros, considero que Tokio Blues es una buena opción para empezar en el universo de este escritor.

Tokio Blues es una novela con banda sonora y trasfondo culinario, literario y cinematográfico. Watanabe, el narrador de la historia, nos cuenta qué está leyendo, que está oyendo, qué película vio o qué comió en distintos episodios del libro, y esas elecciones no son gratuitas. Para un lector occidental se pueden escapar muchos guiños de la cocina japonesa, pero las claves literarias y musicales, al menos esas dos, son clarísimas: Norwegian Wood, el subtítulo del libro, es una canción de los Beatles que habla de una ocasión en la que al “cantante” lo invitan a pasar una noche en una cabaña rústica y él espera todo el tiempo “el momento adecuado”, pero tarde en la noche la anfitriona le anuncia que es la hora de dormir. Por su parte, el narrador lee varias obras (menciona a Truman Capote, John Updike, Scott Fitzgerald, Raymond Chandler, Eurípides, Balzac, Dante, Joseph Conrad, Dickens) pero buena parte del tiempo lo dedica a La Montaña Mágica de Thomas Mann, ese lugar maravilloso, frío, rodeado de aire saludable, al que acuden enfermos terminales en busca de mejoría. En otra parte habla de El Guardián entre el Centeno, el clásico de Salinger sobre un joven incomprendido y errante. Junten esas historias, la de la canción y las de los libros de Thomas Mann y Salinger, y ya tienen al menos parte de la historia.

Pero no se necesita haber oído a los Beatles o haber leído La Montaña Mágica, para leer el libro. Al contrario, Murakami tiene una prosa clara, vertiginosa, que le impide al lector soltar el libro. Mezcla muy hábilmente drama con suspenso y humor. La historia ocurre en Tokio entre 1968 y 1970, en un Tokio bastante occidentalizado y parecido a cualquier otra ciudad grande. Los personajes principales son estudiantes universitarios que rondan los 20 años y entre las clases, la falta de dinero, los romances y el sexo van describiendo de forma magistral la fragilidad de la vida, el valor de los instantes, lo grabados que se quedan en la memoria pequeños detalles de situaciones que no se repetirán.

Así como a veces uno queda tarareando varios días una canción que le gustó, o queda con escenas grabadas de películas que le gustaron y que regresan a la mente de un momento a otro, así mismo pasa con los personajes de esta obra: Naoko, Kizuki, Midori, Reiko, Watanabe… de pronto uno se sorprende pensando todavía en ellos, muchos días después de haber cerrado la última página del libro.

Quotes:

“Pensé en la infinidad de cosas que había perdido en el curso de mi vida. Pensé en el tiempo perdido, en las personas que habían muerto, en las que me habían abandonado, en los sentimientos que jamás volverían”

“Las cartas no son más que un trozo de papel. Aunque se quemen, en el corazón siempre queda lo que tiene que quedar; por más que las guardes, lo que no debe quedar desaparece.”

“En este mundo hay gente que, a pesar de estar dotadas de un talento excepcional, son incapaces de realizar el esfuerzo necesario para sistematizarlo, y su talento se acaba malogrando”.

“El conocimiento de la verdad no alivia la tristeza que sentimos al perder a un ser querido. Ni la verdad, ni la sinceridad, ni la fuerza, ni el cariño son capaces de curar esta tristeza. Lo único que puede hacerse es atravesar este dolor esperando aprender algo de él, aunque todo lo que uno haya aprendido no le sirva para nada la próxima vez que la tristeza lo visite de improviso”.

Comunicador gráfico, admirador del color, las texturas y las retículas. Me gusta encontrar soluciones, cocinar y leer. Creo en hacer las cosas como si fuera la primera vez, siempre.