El bien siempre triunfará sobre el mal.

Escuché la frase y miré de reojo a mi compadre Tobirio que tenía rato en silencio y solitario atado a una banca del Malecón.

Ni siquiera se percató de mi llegada, por lo que interrumpí sus cavilaciones sin remilgos.

-¿Qué le pasa compadre, está hablando solo?

-Quihubo compadre, pensé que hoy no vendría.

-Yo no fallo Tobirio, y usted lo sabe, pero había muchas cosas que hacer en casa.

-Olvido a veces que es usted muy hogareño compadre.

-Así es, pero por cierto, ¿qué tanto hablaba solo compadre?

-Fíjese que ando un poco consternado, sucedieron algunas cosas tristes con amigos míos que me han hecho reflexionar mucho estos últimos días.

-Dígame Tobirio.

-Primero, no sé si se acuerda de Gilberto Estrada, el licenciado que vive ahí en la colonia Versalles.

-Sí, cómo no, muy buena persona.

-Cierto, es un buen tipo, pero es de esos, como la gran mayoría, que viven agobiados por el trabajo y poco tiempo tienen para su familia.

-Hace unos días me lo encontré y traía un talante de dar pena.

Tobirio puso una cara como imitándolo y lo hizo bastante bien, desencajó su rostro y continuó con el relato.

-En los departamentos en donde vive contrataron a un velador con el fin de tener mayor seguridad, ya que aun cuando sabemos que Vallarta sigue siendo un lugar tranquilo, pues en dos ocasiones han intentado introducirse a sus hogares.

Mi compadre Tobirio se notaba realmente melancólico, su tono de voz era cavernoso, me tenía con el alma en vilo.

-Les salió el tiro por la culata compadre, el condenado velador se metió a la casa del licenciado Estrada e intentó violar a su hijita de nueve años.

-¡En la torre compadre!, pero no lo consiguió, ¿verdad?

Afortunadamente no, ya que Gil despertó a tiempo, incluso los vecinos, al escuchar el relajo aparecieron en su auxilio, apoyando a Gilberto y a su familia y hasta unos golpes le dieron al frustrado violador, quien quedó ya hospedado en los separos de Las Juntas.

-Qué barbaridad compadre, atiné a decir ante una situación tan indignante, porque aun cuando no logró su objetivo, el susto que se llevó la niña debió ser atroz.

-Pensaba, compadre, continuó Tobirio, que Gilberto a raíz de eso cambió su actitud, en estos días ha estado más atento con su familia, se preocupa por convivir más con sus hijos, y me pregunto por qué tenemos que ser sacudidos para hacer algo que nos debe nacer, que debe salir del corazón y no de alguna tragedia.

-Hummmm, me quedé pensativo, tiene mucha razón mi compadre.

-Pero eso no es todo compadre.

-¿Hay más todavía?

-Sí, y creo que más triste aún. Una buena amiga, Cecilia Troncoso, acaba de perder a su hermano Rodrigo, lo mataron compadre. ¿Recuerda que le hablé alguna vez de él, verdad? Un tipo trabajador, honrado, pero que sucumbió víctima de las drogas y el alcohol.

-Fue yendo a menos hasta convertirse en un ser incomprendido y enfermo, muy enfermo, compadre.

-Su familia sufría mucho al verlo, pero sabe, nunca pudieron ni supieron cómo ayudarlo, porque jamás se acercaron a él, no indagaron sobre el mal que lo atacaba hasta verlo y llorarlo dentro del cajón de muerto.

Sigo pensando que la vida es más que correr hacia todos lados en busca del beneficio económico. Recordé a aquel pensador griego, Diógenes, que decía que gustaba de ir al mercado sólo para ver tanta cosa que vendían ahí que él no necesitaba.

-No compadre, lo que mueve al mundo no son los inventos, ni la tecnología ni la ciencia, es el amor. Eso es lo que le da valor a la vida, el tenderle la mano a quien lo necesita, el acercarse a ayudar a quien lo pide, y más aún tratándose de la familia o de los amigos.

-Tratar de hacer algo cuando ya no existe la menor posibilidad, acercarte al cajón a llorarle a quien en vida no ayudaste puede resultar más triste todavía que el hecho de su partida para siempre.

Tobirio me tocaba hilos sensibles, me ponía a reflexionar y a pensar en el tiempo que quizá haya dejado pasar para ofrecer mi ayuda a quien lo necesita, aunque no me la pida por supuesto. Pasaban a nuestro lado seres móviles, caminantes, pensantes, pero cuántos de ellos insensibles, que pueden casi pisar a una ancianita en lugar de prestarle ayuda, que se pasan los años acumulando bienes, cuando el mayor lo tienen enfrente, su esposa, hijos, amigos y su vida misma. El ruido de las olas nos acompañaba en esos pensamientos.

-Creo, me dijo Tobirio sin siquiera levantar la vista del nuevo adoquín del Malecón, que debemos empezar por nosotros compadre, así la vida nos será mucho mejor.

Se incorporó mi compadre Tobirio y antes de que pudiera yo intentar articular palabra, ya había pegado un brinco hacia la arena. Dio unos pasos y tomó agua del mar, y mirando cómo se le escurría entre los dedos y tras realizar la misma operación un par de veces más, volteó la vista hacia mí diciendo: “Sí compadre, empecemos desde hoy a vivir mejor”.

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