Siempre la veía cuando yo llegaba a la escuela, al edificio en el que estaba mi salón. Su pupitre quedaba cerca del ventanal, en el inicio del pasillo interior del edificio por el que caminaba para llegar a mi aula, justo hasta el final. Estaba en segundo semestre, de lunes a viernes por las mañanas, de lunes a viernes ella en la ventana, siempre sus cabello rojo rizado y alborotado, siempre sus anteojos enmarcando su mirada y siempre una hermosa sonrisa en su rostro. Pero nunca una de ellas fue para mí.

Nunca me atreví a saludarla, ¿cómo este Ícaro iba a acercarse al sol, estando lleno del temor de que su destino fuera el caer en el mar con la alas deshechas y en picada? Su mirada me encandilaba. Cuando ella me descubría mirándola como enajenado, mi vista caía hasta el piso y mis pies perdían el paso, desconociendo la ruta de siempre por el pasillo. Mis rodillas temblaban pero ella nunca se dio cuenta. El brillo de sus ojos, tan negros como una noche sin luna y brillantes como el cielo estrellado, le daban un toque de tristeza y melancolía. Nunca la vi en grandes grupos de amigos, nunca exceso de algarabía ni carcajadas estruendosas, sólo sonrisas y risas moderadas que iluminaban mi gris existencia a pesar de que nunca fueron mías. Su hermosa expresión melancólica se iluminaba con aquellas sonrisas. Por un instante Dios estaba en la tierra.

Cuando no estaba en clase la encontraba en la entrada del edificio, recargada contra el muro o sentada en el pasillo, como un ángel viendo el mundo girar. Algunas veces dos amigas, otras veces sólo una. Imposible no voltear a verla a mi paso; su piel blanca, su cabello rojo y alborotado, y mi gris silueta fantasmal que ella no tomaba en cuenta al pasar.

La veía en el camión, en los pasillos, en su salón, sentada en las jardineras, en la biblioteca, caminando en la explanada… Mi angelical chica del cabello rojo alborotado y hermosa sonrisa, mi temor convertido en un sueño que nunca se hizo realidad. El ángel de mis fantasías se aparecía por donde quiera que me llevaban mis infelices pasos. Para el tercer semestre ella ya sabía que en la escuela éramos vecinos. Mi silueta gris empezaba a materializarse, pero nunca me atreví a hablarle, mi solitaria y desdichada persona nunca cruzó la barrera de un “hola”, mi cobardía se conformaba sólo con mirarla.

Yo sabía cuándo ella estaba triste, alegre, preocupada, eufórica o cansada, y compartía sus triunfos y penurias desde la distancia, más nunca me atreví a acercarme a darle una palabra de aliento, a felicitarla o decirle “yo sé lo que te pasa y sufro junto contigo”. Esta figura inexistente y lejana la entendía mejor que sus amigas y que los muchachos que orbitaban a su alrededor. Mi miedo me decía que si alguna vez se lo hubiera dicho, me hubiera tachado de loco o tal vez pensaría que la acosaba.

Una mañana, la melancolía de sus ojos negros se desbordó y la invadió por completo. Varios días como alma en pena; yo sufría a lo lejos y en mi interior había una lucha encarnizada por acercarme a ella. Tal vez pudiera darle un poco de consuelo. Sin su sonrisa mi mundo se tornaba tan gris como yo. En la intemperie donde me encontraba sentado, el cielo con nubarrones y el viento anunciaban la tormenta. Mi corazón se agrietaba al verla ahogada en su pena, ahí sentada en la entrada del pasillo de los salones. Yo sabía muy bien que ella necesitaba aunque fuera un burdo trozo de madera al cual asirse para no terminar de hundirse después de su brutal naufragio.

Cerré los ojos y con toda la fuerza de mi miedo me decidí. Con los puños cerrados y el cuerpo temblando caminé hacia el edificio donde estaba mi hermosa chica de triste de cabellos rojos. La vi caminando por el pasillo hacia afuera y con el temor haciéndome flaquear me encontré frente a ella a la salida, nuestros pasos se cruzaron y mi mirada se posó en sus ojos negros desbordados en pena. El peso del miedo y las toneladas de mi cobardía, llevaron mi mirada hasta el piso y después hacia un lado. Sentí que pasó a junto a mí. Odiándome por mi estúpida inseguridad, me di la vuelta para ver su cabello rojo y alborotado meciéndose con sus pasos, alejándose y perdiéndose a la distancia, bajo el cielo nublado.

Después de ese día, nunca más la volví a ver, nunca regresó a la escuela a alegrar el miedo de este desdichado. Y yo todavía, todas las mañanas muy temprano camino por el pasillo y miró su pupitre; a veces con amargura lo encuentro vacío y en otras sonrío al imaginar que veo ahí sentada a mi hermosa chica triste, de ojos color negro melancólico, sonrisa angelical y cabello rojo rizado y alborotado.

A la chica de cabello rojo y alborotado que vi a lo lejos, mientras yo estaba hundido en un asiento y ella caminaba por el pasillo buscando un lugar en el camión de la ruta Bobadilla-Ixtapa que aquél día nublado del mes de Marzo del año 2015 me llevaba al Centro Universitario de la Costa en Puerto Vallarta. Sé que nunca más la volveré a ver.