Hermoso puerto de madrugada

¡Compadre, compadre!
Pensé que estaba soñando, pero se escuchaban los gritos fuertes, insistentes, así que me
incorporé como pude y salí a asomarme por la ventana, encontrando la sonrisa pegada a una
cara que me era bastante familiar, la de mi compadre Tobirio.
-Pero compadre, ¿qué no se ha dado cuenta la hora que es?
-Por supuesto, las cinco de la mañana, pero… ¿usted no sabe qué día es hoy?
Sí, domingo, por lo que me gustaría que se fuera a dormir y se llevara su fiesta a otra parte,
no la refriegue compadre.
-No, de ninguna manera, es día de nuestro paseo por el Malecón, así que vengo por usted
para darnos una vuelta por la orilla del mar y dialogar sobre nuestra gente y nuestro
queridísimo pueblo compadre.
-Eso de la vuelta no me suena, y además… ¿por qué a estas horas?
-Sencillo, compadrito, así podremos ver el amanecer en Vallarta, algo bellísimo si se hace a
la orilla del mar.
-Pues vaya que se me puso romántico compadre, pero en fin, sé que es muy terco, así que
permita que me vista y nos vamos al paseo por el Malecón, al que parece que ya se invitó
usted formalmente.
-Después de la semana pasada me dije: y porqué he de dejar a mi compadre solo si puedo
acompañarlo.
Salimos rumbo al Malecón con las calles todavía en penumbras y aunque me costaba abrir
los ojos, veía con gusto lo hermoso que se ve Vallarta de madrugada.
Las montañas con el sudor del amanecer, el cielo azul recién despierto a un nuevo día, el
sol que se despereza y unas tímidas nubes que se retiran lentamente a dormir la siesta.
Apenas subimos al Malecón, el alba asomó la nariz para iluminar lo que pintaba ser un gran
día.
-Compadre, si viera qué emocionado estoy porque iniciarán ya la obra del puente del Cuale.
Nada más pensar que vamos a cruzar de aquí hasta la zona romántica por la orilla del mar
me entusiasma.
-Cierto, mi nunca bien ponderado Tobirio –mi compadre recibió este nombre por culpa de
la secretaria del Registro Civil que le puso así en vez de Toribio, así que mi compadre, o
mejor dicho, su nombre, se debe a un error de dedo-; mi compadre es un romántico
empedernido, y sé de buena fuente que continuamente se levanta a ver los amaneceres en
Vallarta, mientras que yo, un enemigo de madrugar, pocas veces he disfrutado de este
espectáculo.
Tobirio es todo un personaje, es feo, menudito, mide apenas metro y medio, poco más poco
menos, y tiene una nariz de gancho en la que podría llevar colgado el saco si es que se
pudiera usar esa prenda en nuestra ciudad.
Tobirio se ha dedicado a la vagancia toda su vida, pero jamás le ha hecho mal a nadie, es lo
que se dice un soñador, es un filósofo de la calle, como sus predecesores el “Periquillo”
Sarniento y Pito Pérez.

Se casó con un ropero que le sacaba 45 kilos de peso y 35 centímetros de estatura y sin
saber porqué razón un día desapareció de la faz de la tierra sin decir agua va, (el ropero),
aunque haciéndole un favor a mi compadre, ya que a raíz de ahí le regresó su firme color a
chapopote.
-¿En qué piensa que se quedó tan calladito compadre?, me sorprendió el susodicho.
No, sólo me imaginaba la construcción del puente, que se llevará una inversión de cinco
millones 661 mil 854 pesos con 12 centavos, ni uno más, y que será obra de la empresa
Litoral Vallarta, a cargo de don Arturo Cervantes, la que obtuvo la licitación.
Las cifras no hicieron dudar a mi compadre de mis pensamientos, -pues es mucha lana,
pero creo que valdrá la pena por el bien de todos, aunque, me entristece que algunos
comerciantes de la colonia Emiliano Zapata se opongan al proyecto, y sólo porque ven para
su cuerno y no el beneficio de Vallarta en general.
-Este puente peatonal le va a dar mucha vida al viejo Vallarta, conocido hoy en día como la
zona romántica, ¿no cree mi estimado compadre?
-Sin duda, ya que no pudimos tener un Malecón hasta la Marina, al menos se verá
extendido hasta la zona romántica.
-Compadre, qué tranquilidad se respira en Puerto Vallarta, qué afortunados somos por vivir
aquí.
-No sólo eso, tengo que agradecerle que me hiciera venir a estas horas, compadre, porque
nunca había presenciado un amanecer en el puerto.
El sol resucitó como estaba anunciado, asomó primero la nariz roja y después apareció
completo, sublime, todopoderoso para plantarse allá a lo lejos esquivando las aguas del mar
para evitar que lo apagara el monstruo azul para siempre.
-Oiga, cambiando de tema, ¿ya supo que vendrá a cantar Armando Manzanero el próximo
mes dentro del Festival de la cultura y las artes?
-Qué le puedo decir compadre, qué bueno, ya que el maestro es del gusto de muchos, en lo
personal sus composiciones me agradan y hasta sus susurros.
-Es importante que tengamos qué hacer en Vallarta, digo, culturalmente hablando.
-¿Qué le parece si nos sentamos un rato, compadre?, ya me cansé.
Guardamos silencio concentrados en el paisaje, en el inmenso mar, en el ronroneo de las
olas en su ir y venir incansable.
Respirando pausadamente como para llenarnos de vida y dejar salir los problemas en un
juego al que deberíamos jugar todos, mi compadre Tobirio y yo dejamos pasar algunos
minutos, o quizá horas, hasta que me dijo mi compadre:
-Ya empieza a llegar gente al Malecón, compadre.
-Sí, regresa todo el mundo a la vida después de ensayar la muerte en el sueño.
-Ya se me puso filoso compadre.
-Filosófico querrá decir.
Cómo sea, dijo Tobirio antes de poner pies en polvorosa y hacerse ojo de hormiga.
Se fue caminando con su acostumbrada plática solitaria dejándome con una sonrisa y unos
deseos enormes de seguir disfrutando de un día excepcional.

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