Vicioso neo-noir violento y desvaído se edifica tambaleante en el tercer largometraje dirigido por el mexicano de origen parisino Sebastián del Amo, que no cansado de representar con veneración la idealizada Época de Oro del cine mexicano, luego de El fantástico mundo de Juan Orol, 2012, y Cantinflas, 2014, cantinflea con elucubrado desvarío hacia un torpe thriller policiaco que fantasea con ser un respiro de aire fresco en el cine nacional, mientras que paradójicamente recorre lugares comunes a lo largo de la cinta con la justificación bienintencionada que es el acto de homenajear. ¿Homenaje a las características genuinas de un género, o a sus más evidentes clichés?, ¿Homenaje que descubre las posibilidades cinematográficas contemporáneas, o demostración desatinada de anticuadas formulas?, ¿Homenaje a la gloria pasada, o al presente caduco?

Nueva versión del filme protagonizado por Pedro Armendáriz, Blanca Guerra, y Ernesto Gómez Cruz en 1977, y adaptación de la novela homónima de 1969 escrita por Rafael Bernal, El Complot Mongol relata como el ruco policía veterano Filiberto García (Damián Alcázar) es encomendado por el aún más ruco Coronel (Xavier López ‘‘Chabelo’’), y el turbio funcionario Rosendo del Valle (Eugenio Derbez) para vigilar a un grupo de chinos comunistas que supuestamente planean el asesinato del presidente estadounidense en su visita a México en plena Guerra Fría. La investigación del hábil para matar Filiberto no tardará en complicarse tras él mismo ser perseguido y espiado por matones mexicanos, agentes de la KGB y el FBI, e involucrarse románticamente con la inmigrante asiática Martita Fong (Bárbara Mori), todos sospechosos de estar involucrados de una forma u otra en el complicadísimo caso conspirativo.

 

Tan compleja y confusa se torna la confabulada trama, que cada personaje se las arregla para entender, o hacernos entender, la mentada Pinche Intriga Internacional (sórdido lema que ostenta el cartel y avance publicitario): el desorientado Filiberto no puede evitar romper la cuarta pared, dejando escapar miraditas desentonadas de fastidio o asombro postizos, o recitar junto al alcoholizado abogado interpretado por un desgastado y desgastante Roberto Sosa, diálogos sosamente aleccionadores (‘‘En México no importan las leyes. Importan los cuates que tienes’’), o soñar despierto con Martita, inocentona figura del deseo masculino, a quien inexplicablemente no puede confesarle su ferviente amor, pero si imaginarla en ajustado vestido y peinado chino en camino a Acapulco, pese a que la misma se le insinúa en más de una seductora ocasión. El resultado ambivalente de la obviedad sobreentendida y la duda incomprensible, culminan en el extendidísimo plano final, acompañado por los créditos finales, donde el detective desgraciado llora (mirando directo a cámara) sin gracia o desgracia con la que nos haga empatizar o conmover.

Montaje del mismo Del Amo y Branko Gómez Palacio, que divaga entre secuencias frívolas de diálogos insufribles dichos con total esterilidad actoral por los Televisa presenta Derbez y Chabelo, y secuencias de intercambios de miradas en primeros cuando no primerísimos primeros planos, como buscando una profundidad auténtica en esos falsos rostros chinos y acentitos rusos y gringos de los agentes Laski (Moisés Arizmendi) y Graves (Ari Brickman) respectivamente, convirtiendo a la cinta en un febril sketch desbordante en su estilización. Montaje deambulatorio no conformado ni como ácida comedia negra, ni como drama amargo de oscurísimo misterio, del cual surge un agrio relato de predominante incoherencia narrativa, dramática, y temática. Cine negro más bien grisáceo, en el tono medio entre lo cómico y lo trágico, sin llegar a la tragicomedia. Thriller de espías diluido en su propia espectacularidad. Un entramado conspirativo más bien un vuelto enredo conspiranoico. Un fallido intento fílmico de resurgimiento y tributo, que a nada viejo se asemeja, y a nada nuevo parece apuntar.