Desaparecido

Estaba sentado en una roca mirándolo fijamente, aunque parecía que en realidad no lo estaba viendo; la mirada parecía estar perdida. De la bolsa que llevaba colgando sacó una piedra y empezó a afilar su machete despacito, sus movimientos con calma de arriba hacia abajo y de abajo hacia arriba. Uno afila su machete seguido cuando vive en el cerro, pero él lo quería más filoso. Se descolgó la bolsa y la puso a un lado, le echó una mirada y yo creo que se acordó de que su esposa la había tejido para su hijo cuando estaba por terminar la primaria, como hacen casi todas las mujeres de acá, las que viven en el cerro. Tiempo después ella murió. En el pueblo no había médicos y no alcanzó a llegar viva a la clínica más cercana, no alcanzó a terminar las tres horas que tuvimos que recorrer de bajada por las veredas para llevarla. Me acuerdo que en ese rato él no lloró, ¡ese canijo sí que era un hombre! Nomás se le quedó mirando, abrazándola y hablándole despacito al oído. Melquiades y yo nomás nos hicimos a un lado para dejarlo solo con ella.

Volvió la mirada hacia el hombre que estaba sentado frente a él, hecho bolita y atado al árbol de mezquite con las manos atrás. Su ropa fina, como de gente importante, estaba desacomodada, los lentes retorcidos y en uno de sus pies no tenía puesto el zapato, éste estaba tirado algo retirado entre las hierbas y el zacate aplastados. Al verlo, uno se daba cuenta de que había dado batalla, que se había resistido y no quería dejar que lo amarraran al árbol, pero ya estaba ahí amarrado, con la vista clavada al suelo, adolorido y cansado. Él seguía sentado en la piedra, mirándolo de frente y afilando el machete sin prisa. Uno no podía saber qué estaba pensando mientras acariciaba el machete, ni siquiera se podía saber si todavía podía seguir pensando. Uno podía imaginarse lo que iba a hacer, pero no qué era lo que pensaba, porque él ya no era lo mismo que antes. Cuando te pasa lo mismo que le pasó, estoy segurito de que ya no puedes seguir siendo igual.

Ya era cerca de la media noche y el aire fresco del cerro empezaba a correr con más fuerza, unas nubes de vez en cuando cubrían la luna que a lo mejor quería esconderse para no ser testigo de lo que pasaría. Recuerdo que el cielo estaba diferente. Me acuerdo que salí a buscar el tlacuache que traía en friega a las gallinas que andaban con su escándalo por el corral, lo anduve buscando un buen rato, pero no pude cazarlo. La luna estaba llena, pero había ratos en que no se miraba, ni las estrellas se querían asomar porque brillaban re’poquito. Recuerdo que después de un rato dejé de buscar el tlacuache y me fui de la casa corriendo.

Dejó de pasar la piedra por el machete y se quedó mirando el suelo. Después volvió a verlo y empezó a hablar.

—Mi muchacho era bueno; atrabancado y terco, pero era bueno. Cuando su mamá se murió se volvió más callado y seguido lo veía medio triste, pero por lo mismo atrabancado que era pudo superar esa tristeza. Si usted lo hubiera visto cuando tiempecito después que salió de la secundaria se levantó tempranito, todavía era de madrugada, agarró sus cuadernos de la secundaria que todavía tenían hojas limpias, echó unas tortillas duras al morral y se fue casi a la carrera. En la tarde me dijo que había ido a la escuela. Yo nomás lo dejé y no le dije nada, pensé que en unos diyitas se le iba a pasar esa loquera, pero le digo que era terco y ya llevaba como dos semanas levantándose temprano para irse a la carrera a la escuela del otro pueblo cuando vendí unas gallinas para comprarle unos cuadernos y lápices nuevos. ¿Quién podía aguantar tantos días recorriendo dos horas de ida y dos de regreso y comiendo puras tortillas nomás para ir a la escuela? Mi muchacho era terco, pero era bueno.

A veces pienso que lo sacó de su mamá, porque a ella se le metía una idea y ya no se la sacaba de la cabeza. Me acuerdo cuando le dije que compráramos unos marranitos para juntar algo de dinero para cuando él saliera de la secundaria y ella a dale y dale, que mejor una becerrita, que en ese tiempo iba a crecer y le íbamos a sacar más dinero cuando se convirtiera en una vaca. Con muchos trabajos compramos la becerrita, pero la señora se murió y ahí quedó la becerra con nosotros. La estuve criando y cuando se convirtió en una vaca grande, ya quién sabe qué sentimiento me dio que ya no quise venderla y la dejé con nosotros hasta que llegó el día que tuvo su becerro. Si le digo que la mujer y el chamaco me salieron iguales de tercos.

El hombre seguía agachado, mirando el suelo y oyéndolo sin voltear a verlo de frente. No sé si ya lo había invadido el miedo, pero estaba callado.

—Y ya después, cuando acabó esa otra escuela, que me llega con el chisme de que se quería ir a otra escuela más, que a estudiar para ser profesor. Me dijo que en esa escuela había muchos muchachos pobres y yo no le creía, ¿a quién le iba a importar la gente del cerro? Po’s andaba tan emocionado que vendí la vaca con todo y el becerro recién parido, mi compadre Melquiades me la estuvo pagando en abonos, pero le pude dar sus centavos al muchacho para que se fuera a su escuela. Le compré unos huaraches nuevecitos, unos zapatos y tres camisas. Hubiera visto, él quería ser profe y se emocionaba. Apenas tenía como tres meses en la escuela…

El hombre se enderezó un poco, levantó la mirada y le dijo despacio, con dificultad, como si le estuviera suplicando:

—¿Pero por qué me tiene aquí? ¿Dígame, por qué a mí?
—Po’s por tarugo, señor secretario. El Melquiades y yo íbamos por el presidente municipal, pero usted fue el único que se separó del grupo de policías que los iban cuidando. Usted se quedó atrás para ir al baño de la normal que ustedes dizque estaban resguardando.
—¿Pero yo qué culpa tengo?

Él siguió afilando su machete con mucha paciencia.
—Usted ya sabía lo que les iban a hacer, ya sabía lo que el presidente había mandado y usted no hizo nada para impedirlo; es más, usted lo apoyó.

¿Les pagaban mucho en la maña, señor secretario? ¿Les daban mucho dinero por andar con los narcos?
—Yo no sé de qué me está hablando. Yo no sabía que iban a levantar a esos muchachos.
—Pero no me ha dicho si le pagaban mucho los narcos. Fíjese, usted con tanto dinero, y mire nomás quién lo va a matar.
—No haga una tontería, señor; recapacite. La policía y los militares ahorita han de estar buscándome. Le aseguro que todo el gobierno ha de estar tras su pista, en cualquier rato van a aparecer y van a aprehenderlo.
—¿Entonces me está diciendo que me apure a matarlo antes de que lleguen?

Dejó de tallar el machete y se le quedó mirando. Me imagino que el secretario ha de haber sentido la boca seca y un sabor amargo, la temblorina en las patas y las manos, como cuando te da mucho miedo y te quedas sin poder moverte. Pero él otra vez empezó a tallar el machete, la luna salió de entre las nubes y se vio el brillo que salía del filo. Luego empezó a hablar otra vez.

—Ni siquiera usted sabe dónde está sentado. El Melquiades y yo nos arrancamos en los caballos por el rumbo de las fosas donde encontramos los cuerpos. El Hipólito se encargó de correr el chisme entre la gente de que ese era el mejor lugar para matarlo, que seguro allá andaríamos, y me imagino que por allá deben estar buscándolo los polecías, pero ellos no conocen el cerro como nosotros. Nos fuimos por la vereda para ese rumbo, pero nos metimos al arroyo y nos regresamos, luego nos metimos al otro arroyo, salimos lejos de ahí y cabalgamos otro rato hasta que usted despertó y se me ocurrió que aquí era un buen lugar para matarlo. De eso ya hace mucho rato. El Melquiades nomás me ayudó a amarrarlo y ahorita se fue con los caballos. Si quiere grite, señor secretario, porque andamos algo retirados del pueblo y nadie va a poder oírlo. El secretario apretó las manos y los dientes. Estoy seguro de que ya estaba harto desesperado y asustado.

—Dígame, señor secretario, ¿qué mal les hacían los muchachos con andar pidiendo dinero en la calle y haciendo sus marchas de vez en cuando? Si los papás no teníamos dinero y el gobierno no los ayudaba, ellos tenían que buscar la manera de salir adelante. ¿Nomás porque iban acercándose para donde ustedes estaban haciendo su reunión con toda esa gente importante y con los de la tele? ¿Por eso ordenaron a los matones y a los policías detenerlos y matarlos? ¿Nomás por la idea del presidente municipal de convertirse en gobernador? Dígame, ¿por qué tanta saña? ¿Usted cree que es justo que a mi muchacho le hayan cortado la lengua, sacado los ojos, cortado toda la cara y el cuerpo, que haya quedado bañado en sangre y lo enterraran en la fosa cuando todavía estaba vivo?

Sabe, todas las noches viene en mis sueños y lo oigo gritando todo ensangrentado; quejándose se arrastra hacia mí y me pide ayuda, pero yo nunca puedo ayudarlo. Yo quiero acercarme y no puedo, todas las noches hay algo que no me deja ayudarlo. Siempre despierto sudando y llorando de rabia y de impotencia. Dice doña Chayo, la que vive a un lado de la casa, que a veces se oyen mis gritos en la noche cuando estoy dormido. Volteó a ver el cielo; después miró el suelo y luego al secretario.

—Mire mis puños; son las heridas que me he hecho de todas las veces que me he despertado y golpeado la pared de desesperación y coraje. Yo creo que cuando los mate a usted y al presidente municipal, mi muchacho va a dejar de sufrir y ya no va a venir a buscarme. Aquí, en la realidad, sí lo puedo ayudar, no como en los sueños.

El secretario ya estaba punto del llanto, todo él era una representación del miedo.

—Créame, señor, yo no tuve nada que ver. Le prometo que vamos a dar con los
culpables. No haga una tontería, no se llene las manos de sangre. Yo le juro que lo voy a ayudar para meter a todos a la cárcel. Matando gente inocente no va a arreglar nada.
—¿Tiene hijos, secretario? —le preguntó mientras sonreía sin ganas.
—Sí, tengo dos. Una niña de cuatro y un niño de seis años —le dijo con un tono como queriendo hacer una plática más amable.
—Y si le dijera que el Melquíades fue por su hija. Tuvimos que decidirnos por ella, porque es más fácil traerla. ¿No le parece justo que sea ojo por ojo y diente por diente, como dicen por ahí? Ustedes me quitaron a mi muchacho y a mí me toca hacer lo mismo con su hija. Va a ver lo que se siente oírlos gritar y no poder hacer nada.
—¡Usted está loco! ¡Mi niña no tiene la culpa de los errores que yo pudiera haber cometido! Óigame bien, si usted la toca le juro que lo voy a matar.

Conservando la sonrisa le dijo:
—¿Verdad que uno sí mataría por sus chamacos? No se apure, el Melquíades ya se fue a la parte más lejana de los cerros con todo y su familia. ¿Entonces usted sí cometió el error de haberlos mandado matar?
—Ya le dije que yo soy inocente. ¿Qué quiere? ¿Dinero? Dígame cuánto quiere y yo se lo entrego. Yo tengo mucho y se lo puedo dar.
—No, señor secretario, ni toda la riqueza de este mundo me regresaría a mi muchacho. Ya no sé si quiero justicia o venganza, y la verdad eso es algo que ya no me importa. Dígame, ¿por cuánto dinero usted me dejaría matar a uno de sus hijos?

El secretario se quedó callado un rato y su cara dejaba ver toda la desesperación y el miedo que ya estaban a punto de escaparse con sus lágrimas. Acá, en el cerro, a uno lo enseñan a ser hombre, pero él no tenía ni poquita vergüenza.

—Ya le dije que fue un error. Nosotros nada más les pedimos que no los dejaran llegar hasta el lugar del mitin. A ellos se les pasó la mano. Ya le dije que yo le puedo ayudar a meterlos a la cárcel, pero déjeme ir. Se lo suplico, por la memoria de su hijo.

Y sí pensó en la memoria de su hijo, se acordó de su cuerpo ensangrentado y tasajeado, de su cara sin forma, sin nariz, ojos ni lengua. Dejó de tallar el machete y apretó la cacha. Su mirada se volvió más profunda y la clavó en los ojos del secretario. Le arrancó la camisa de un tirón y los botones salieron volando, la ropa le quedó colgando desgarrada y sintió lo helado del filo del machete subiéndole por el pecho hasta que se le detuvo en el pescuezo. Ahí el secretario ya no aguantó más y empezó a llorar. Le digo que era un cobarde, hasta la voz se le fue y apenas se le entendía lo que decía.

—Yo solo les pasé el recado del presidente, yo solo repetí lo que él había dicho. Le juro que yo solamente les dije lo que me ordenó.
—Ah, sí, señor secretario, ¿y qué le ordenó?
—Le juro que yo solo les pasé el recado… Me pidió que les dijera que les partieran en su madre a esos muertos de hambre que lo estaban estorbando. Que sirviera de escarmiento para los demás indios revoltosos. Le prometo que yo no tuve nada que ver. Acuérdese de su hijo, por favor.

Me empezó a retumbar el corazón con mucha fuerza y la luna se volvió a esconder entre las nubes a lo mejor también del miedo; yo me arrastré entre los matorrales y después me fui corriendo. Ninguno de los dos quisimos ser testigos de lo que pasó después. Yo me di cuenta de que él ya no era el mismo Tacho que jugaba conmigo y con Melquiades en la primaria antes de salirnos de tercer grado, cuando dejamos de ir porque los papás no tenían dinero para darnos para gastar o siquiera para comprarnos cuadernos; el Tacho que después se hizo compadre de nosotros dos, cuando ya estaba más grandecito mi ahijado. Pero se entiende lo que hizo, porque lo que le pasó a su muchacho no se podía quedar así, por eso el Melquíades lo ayudó a llevarse al secretario y yo a correr el chisme entre la gente de que se habían ido para otro lado. Cuando ya estaba bien oscuro, después de buscar el tlacuache que se ha estado comiendo los pollos en el gallinero de mi casa, yo me salí del corral y me vine corriendo a buscarlos, llegué con cuidado y me escondí detrás de los matorrales, pero ya era tarde porque el Melquíades ya se iba con los caballos.

Me acuerdo que estaba empezando a correr para irme del matorral donde estaban ellos cuando oí los gritos fuertes y el llanto de dolor del secretario, y me fui corriendo más rápido. Todavía alcancé a oír que mi compadre hablaba despacito, pero no le entendí las cosas que dijo, a lo mejor estaba rezando pidiéndole perdón a Dios por lo que estaba haciendo o pidiendo por su muchacho, o a lo mejor estaba maldiciendo al secretario. No supe si el corazón me rebotaba en el pecho queriéndose salir del miedo o por los pasos rápidos que daba en la carrera.

Duramos como una semana sin ver a mi compadre Tacho hasta que encontramos su cuerpo tirado en la orilla del arroyo todo balaceado. Le metieron un balazo en la frente que hacía que se viera más feo el gesto que se le quedó grabado en la cara. A un lado de él estaba tirado el machete manchado de sangre seca, lo guardé y recogí el cuerpo para darle cristiana sepultura con la ayuda del padrecito del pueblo; nomás nosotros dos lo enterramos.

Por acá se puso el chisme en grande por la muerte del secretario, aunque en las noticias casi no salió nada y de la muerte del Tacho ni siquiera se supo, pero en el pueblo a nadie se le olvida, aquí todos conocemos su historia.

Esa misma noche el Melquíades se fue con su mujer y sus tres hijos a lo más alto del cerro; a mí me encargó su vaca con el becerro, pero tuve que venderlo, porque la vaca ya iba a parir ese animalito que tiene ahorita y como hay re’poquito zacate no podía mantenerlos a los tres. Por ahí le estoy guardando la mitad del dinero, aunque desde esa noche no sabemos nada de ellos. La gente dice que ya no van a volver, pero de todos modos yo le estoy guardando sus centavos, porque aquí en el cerro somos gente derecha y los amigos nunca nos jugamos chueco. Mi señora a veces reza por ellos y yo le digo que para mí no están muertos, aunque ella y los demás del pueblo dicen que lo más seguro es que en el camino los hayan agarrado los del gobierno y los hayan matado.

¿Que qué fue lo que pasó con el presidente municipal? A ese a veces lo veo en las noticias de la tele con su traje bien fino y de corbata, y se me revuelven las tripas. Después del chisme que se hizo con la muerte del secretario ya no lo pusieron de gobernador, pero dicen que los de su partido lo hicieron diputado y ahora vive en la capital. Ah, pero eso sí, manda a su gente puntualita a recoger la parte del dinero que le toca de lo que cobran los matones de la maña.

Aunque ahorita que me acuerdo, creo que una vez anduvo por acá rodeado de policías, se tomó unas fotos y lo grabaron los de la tele. Estaba junto con su mujer entregándoles unos dulces y despensas a los chiquillos. Desde entonces ya no lo hemos visto por aquí, ya no hemos sabido que vuelva al cerro.

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