Un liberadora resistencia que empieza como una esperanzada resignación, y termina por resignarse necesariamente en la esperanza; una inventiva ficción autoproclamada más auténtica que nuestra realidad terrenal, anunciando primeramente que ‘‘todo lo que se cuenta en esta película es real, la suerte es real y hay hombres con suerte’’; una interpretación fatalista de la historia presente para anunciar un futuro que ya nos alcanzó. En la reciente estrenada cinta dirigida por Julio Hernández Cordón (Polvo, 2012; Te prometo anarquía, 2015; Atrás hay relámpagos, 2017) se afrontan en desigualdad de condición las extremas fuerzas de destrucción y regeneración, de inocencia nata y maldad aprendida, de los ideales de la fe asomada y la crueldad impuesta.

Producción colombo-mexicana y séptimo largometraje del director guatemalteco/mexicano nacido en Carolina del Norte, Cómprame un Revólver, 2018, presenta un ácrono México distópico en el que todo, ‘‘absolutamente todo, es controlado por el narcotráfico’’, y donde la pequeña hecha pasar por un pequeño enmascarado debido a la amenazante disminución de la población femenina, Huck (Matilde Hernández Guinea, entre la dulzura y el vigor), y su subyugado padre músico adicto a la metanfetamina inhalada en foco, Rogelio (Rogelio Sosa), atienden un campo de béisbol abandonado para literalmente ganarse la vida en medio de la constante violencia que ya forma parte del día a día.

Es la figura femenina no solo el eje narrativo del filme, representado por la siempre desafiante Huck, sino también el eje temático del que deriva un abarcador sentimiento de pérdida, presente en la ausencia casi total de mujeres, que incluyen a la madre de la protagonista (la asistente de dirección, Nadia Ayala Tabachnik), apenas recordada en sagradas fotografías, todas veneradas en una improvisada ‘‘estatua de las mamás’’ erigida por el grupo de niños en levantamiento contra el dictatorial crimen organizado. La pérdida también se manifiesta a través del despojo, más que encubrimiento, de la feminidad afrontado por la niña Huck, borrando cualquier rastro de su identidad, obligada a ser tan invisible como su progenitora, o tan víctima de la erradicación femenina como todas las desaparecidas. Solo se encuentra un atisbo de similar condena en el agresor Capo enemigo de pelo largo (Sostenes Rojas), primero confundido por la chiquilla por una fémina, luego confesado como ambivalente en su género (‘‘Me gusta ser hombre, pero también mujer’’), al final confrontados como las dos caras (opresor y oprimido) de un insostenible culto a la inhumanidad.

Alude Hernández Cordón al estado actual de la nación gobernada por y para el miedo, de la cual han proliferado las más diversas facetas de la violencia y los violentados, expresadas en la cinta como una violencia que aturde (asimilada a través del consumo de estimulantes adictivos); una violencia ignorada por incomprensible (‘‘¿Te hicieron algo?’’/‘‘Si estoy bien’’), una violencia ya vuelta poética (‘‘Al medio día las balas brillan por tanto sol, como si un espejo se hubiera roto’’), una violencia que desde su título pide una resolución aunque sea con más violencia: cómprame un revolver para atinar un único tiro mortal, cómprame un revolver para huir en abrupta salida post-asesinato irresuelta, cómprame un revolver para buscar a mi secuestrada hermana enferma, cómprame un revolver para matar a los narcos en sus sueños.

Una hipótesis irresoluta formulada con lucidez. Una fábula de seres rastreros y amarga moraleja. La enteramente opuesta visión cinematográfica de la sátira que situaba a México en El Infierno (Luis Estrada, 2010), o la hiper-naturalizada crudeza retratada en Heli (Amat Escalante, 2013), que con misma certeza se atreve a materializar las premonitorias pesadillas posibles.