Bruma: el esbozo del desapego

La fuga como aventura, o como excusa de ella; fuga que anhela la tierra al otro lado del charco en un disociativo estado de fuga; la fuga como omnipotente solución a las múltiples aflicciones; fuga del sentido, y fuga de la realidad apegada a cualquier contexto social, económico, o histórico, son las que permean en la fugaz película de Max Zunino (realizador del minimalista cortometraje ‘‘Recuerdo del mar’’, 2005), intitulada ‘‘Bruma’’, donde en menos de noventa minutos se esquematiza el plan de un viaje, se hace un trazo aproximado de su ejecución, y se resuelve el mismo con apenas un bosquejo de catarsis.

Producción mexicana-alemana, y segunda cinta dirigida por Zunino (‘‘Los bañistas’’, 2014), Bruma cuenta la historia de Martina (Sofía Espinosa), recién desempleada y recién encinta, quién decide escapar de su emocionalmente inestable madre (Claudette Maillé), de su corajudo medio chantajista y condescendiente novio/ex novio Agustín (César Ramos), y finalmente, del aburrimiento que ya ni la capitalina Ciudad de México puede curarle, refugiándose sin avisarle a nadie, en otra capital, pero ahora europea, donde en el intento por encontrar al padre que nunca conoció (salvo por una vieja postal de Berlín), se topará con el travesti cantante Ángel (Dieter Rita Scholl), quien le confesará lamentablemente que su papá ha muerto desde hace varios años, por lo cual a Martina no le queda más remedio que quedarse en Alemania y disfrutar la compañía del sustituto paterno.

Incierto futuro se pinta para la mortificada Martina con el amenazante embarazo no deseado, y más incierta se vuelve la decisión de salir del país en busca del padre hipotético, para lo cual desembolsa, sin pensarlo realmente, 750 euros de sus últimos ahorros, desentendiéndose por completo de cualquier mínima confrontación que pueda darse con su madre o el novio, prefiriendo perderse en un país extranjero, sin dinero, y sin siquiera poder pedir un vaso con agua mineral y limón a la dadivosa mesera Esther (Esther Maria Pietsch), que fácil y gratuitamente la invitara a gratuitas fiestas de desinhibición total porque ‘‘así es la escena en Berlín’’, induciendo a la mexicana en lésbicos besos que no van más allá, mientras que la resaca post-reventón se prolongará a lo largo de la cinta en forma de performanceros con mamelucos de unicornio, más bien sacados de un videoclip de bajo presupuesto.

Espinosa, aun en la interminable huida que empezó con el corto ‘‘Ver Llover’’, 2006, da vida al estuporoso personaje de la aburridísima chica aburrida que todo lo hace por aburrimiento, y cuya supuesta evasiva escapatoria sirve solo para reafirmar sus raíces maternas, dar por muerto al que nunca fue ni quiso ser su padre, y mejor adoptar al excéntrico entendedor Ángel como tal; pero la indiferencia de la inmutable Martina repele cualquier indicio de experiencia trascendental, recurriendo al flojo desenlace que le ofrece una oportuna oferta de trabajo en el bar de su amiga Esther (así, sin visa ni permiso), y que rápidamente olvida todo lo que vino a buscar, haciendo que también nosotros olvidemos el prescindible viaje de mochilazo que es este filme.

Cámara nauseabunda que hasta a la misma Martina hace vomitar (¿o son los síntomas de un feto creciente pese a la desmesurada ingesta de alcohol, tabaco, y drogas recreativas?); insistentemente inquieta e incapaz de hacer lucir a la protagonista, salvo en un par de tomas donde se contiene en tripie, ni a la historia, aún más inestable que la fotografía, ni mucho menos a la supuestamente idealizada Berlín, capturada en planos que logran volverla una ciudad más del resto.

Esbozo de la figura paterna; esbozo de una experiencia transformadora, vivida por el esbozo de una impulsiva desapegada de todo, quien creía vislumbrar el camino a través de la bruma, solo para adentrarse aún más en ella, y conducirnos en abrumantes círculos a la nada, para nada.

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Cineasta por pasión, todologo por necesidad. Amante del arte y el humor negro.