Corrías a prisa con tus tácticas de conquista tan predecibles y ensayadas, tratando de saciar la fiebre entre tus piernas, mientras yo solo te veía de lejos al huir de tu gran urgencia.

Estábamos ahí sentados, uno evitando y el otro forzando; tú intentando robarle un instante a mis labios, y yo intentando pretender que no me daba cuenta, pero siendo muy sincera, tu boca tenía un olor muy parecido a lo incomodo de esa escena.

En el silencio de esa sala, encontraba un poco de consuelo dentro de la ansiedad que me provocabas, también me preguntaba una y otra vez si era parte de tu plan ir a ver una película ridículamente cursi, que al final, solo aceleró mis tripas, y no el romance que tanto querías.

A pesar de mis ganas de huir, había algo de ti que me gustaba, tal vez era que muy dentro de mi sabía que, así como yo, tú también estabas imposibilitado en esas cosas del amor.

Para hacer la historia aún más corta de lo que fue, esa urgencia y esa huida acabaron abruptamente en un silencio, porque al final del día, en nuestro miedo, solo jugábamos a ver quién sería el que se cansaría primero.

 

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